Los dobles de Ezequiel Borra

Texto y fotografía : Barb Pistoia

Para un disco doble, no hay nada mejor que una presentación doble. Para un músico que ilustra la vida en pentagramas, nada mejor que una banda de dibujantes que coloreen sus sonidos. Para un mundo que necesita más contacto espiritual, nada mejor que canciones para limpiar los días.

“Este chico sabe lo que hace”, dijo Fabi Cantilo antes de empezar a cerrar la primera de las dos fechas que, Ezequiel Borra, dio en Café Vinilo. Agregó, sabiéndose ícono y palabra firme de nuestro rock: “Por algo estoy yo acá, sino no estaría”. Y claramente, derrapando su rock y glamour, musa y acción por donde se la mire, se entregó a las canciones que compartieron juntos, repasando un poco el primer disco “En el placard” y, fiel a las inquietudes del anfitrión, estrenando temas nuevos, a muy pocos meses de haber parido su flamante par de mellizos “Las cosas del mundo. De todos los días”. Este dueto no es nuevo para quienes muy despiertos de sentidos, tienen en su poder auditivo aquel larga duración que Borra editó por el 2005, y es una celebración poder escuchar esas voces al unísono. Quedan bien, sientan bien… ambos “saben lo que hacen”, y su encuentro es “hacer lo que saben”. Con trayectorias diferentes por cuestiones temporales y lógicas, no hay forma así y todo, de no ubicarlos en un rango de nombres de esos que apuntan a lo inolvidable de la escena.

Todo es creciente cuando uno sabe ser, y entre lo hecho hasta aquí, pero sobre todo lo que asoma como lo nuevo del muchacho en cuestión, su atmósfera de influencias comienza a seguir corriéndolo de las obviedades y rumbos propios, para desnudar claramente las asimilaciones más patrióticas. Las canciones nuevas vienen recargadas de “Borrismo” pero le suman una condimentación mielera de Spinetta y García, por el lado más orquestado, y lo más galopante de Paez  nutren la ya potencial lírica de Ezequiel. Así sube la bandera que inspiración no significa hacer algo siquiera parecido, pero si haberse dejado llevar por lo mejor que nos alcanza en nuestra “educación sentimental”. Imposible que Fabi no caiga rendida a este jaguar de combinaciones, que benditamente sigue proyectando mucho vivo para esta segunda mitad de año, y apuntando a abrirse al país, para que las provincias también lo reciban.

El repertorio de las dos presentaciones que sucedieron 22 y 29 de mayo, fue similar. Cambió la presencia femenina, y este último sábado la compañía fue de Emme, que participó en algunas canciones más, sumando coros a lo largo de varios temas. Honor para la actriz//cantante haber compartido uno de esos estrenos que pintan para ser inolvidables: “Ya no hay tiempo que perder, ya no hay tiempo que ganar” dice la letra que enfunda una de las grandes incertidumbres humanas, en su relación con quien domina mucho más que los relojes y es un punto bastante presente en la obra de Borra. Las energías que generaron las invitadas en los dos sábados fueron diferentes, pero hay que festejar el cruce artístico, porque son enriquecedores para el que asiste a ver, el que es invitado y el que recibe, pero ante todo le hacen bien a nuestro propio ámbito que haya unión y secuencias para abrir.

Para resaltar otra de las dualidades vocales, pero esta resulta sacra por su permanencia, dado que surge desde “el adentro”: Martín “El Gnomo” Reznik, guitarra y coros constantes de Los Dibujantes, se anima a darle voz a varios fragmentos en algunos temas, y vuelve a rescatarse la conexión que de ambos fluye, con la vital rienda suelta a la hora de fusionar desde los extremos (no tan) opuestos en sus modismos de cantantes. “La lujosidad al palo” podría ser el título de otro disco nacional, si se habla de una banda como está… Martín Pantuso, amo del bajo y mente maestra, marca mucho más que los graves y es la armonía exacta para una agrupación de alto vuelo como es ésta. La cosa sigue con Nico Echeverría, un pendejo atrevido que descose la batería, generando (re) percusiones para que la Pachamama celebre sus tambores hasta la eternidad; Jesús Fernández bordea las teclas y la melódica, siendo el toque elegante de este quinteto, y al ya presentado Gnomo, con su haber psicodélico y armonioso, puro rock&love nacional, resta sacarse la galera para el alma mater de este hermoso hecho que conforman, gurú de letras y sonidos, Ezequiel Borra, que con su acústica y personalísimo modo de cantar, simplemente emociona.

La sala supo llenarse ambas noches. Borra agradeció, la gente aplaudió siempre y respiró en el aire purificado con un silencio estremecedor, que solo se cortaba para gritarles con arenga de cancha a los protagonistas, el nombre de algún tema o simplemente para exclamar admiración. Por otros tramos también resultaba emotivo no solo lo que sucedía arriba del escenario, sino entre las mesas, poder ver con que respeto las canciones se repetían casi susurradamente, como para no atormentar por nada del mundo esa penetración que sus canciones inyectan a los sentidos… Es que aun en su más enérgica versión rockera, esta banda gracias al aura con el que llevan a cabo su obra, da una sensación de gospel que es sanadora, aliviadora y, por sobre todas las cosas, un mimo infinito a la creación y a todos aquellos que tomen la buena decisión de asistir a sus conciertos.

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